por Evelyn Fredericksen

El herrero limpió el icor de mi espada, examinó la hoja y la lanzó a la pila que se encontraba a sus pies.
--Está demasiado dañada, toma otra -gruñó mientras señalaba el estante de armas que se encontraba detrás de él-. ¡El que sigue!

Después de tomar otra arma, volví a revisar mi armadura. Tenía algunas hendiduras pero estaba en buen estado, más que suficiente para la batalla que se avecinaba. Me encontraba examinando a mi lobo cuando resonó la orden: ¡Garakah ma!

Formamos filas con avidez para Saurfang el Joven, nuestro comandante. Detrás de él se extendía la imponente sombra de Angrathar, la Puerta de la Ira, y no parecía importarle. Orco más valiente no he conocido y, por todo lo que he visto hasta ahora, una honra para su linaje a pesar de su piel café.
--Algunos de ustedes cabalgaron conmigo desde Azjol-Nerub, donde pusimos a prueba nuestra fuerza contra el putrefacto pueblo arácnido. Para los que no estuvieron ahí, sepan que invadimos su precioso reino y bloqueamos los túneles que conectan con el Cementerio de Dragones -dijo mostrando una sonrisa salvaje-. Arthas no recibirá refuerzos de los nerubianos el día de hoy.

Vitoreamos y poco después el viento cambió de dirección, trayendo consigo el hedor de la descomposición como si no fuera suficiente con el de los Renegados. Nunca entenderé por qué les fue permitido unirse a la Horda, aunque odien a la Plaga siguen siendo no-muertos. Peor aún, traidores que en vida sirvieron a la Alianza y que cambiaron de lealtad una vez, nada les impide hacerlo de nuevo.
--Y la Alianza ha cumplido con su parte del trato -continuó Saurfang-. Nuestros exploradores acaban de confirmar que Naxxrammas también ha sido aislada. Sí -dijo levantando una mano enfundada en un guantelete para acallar nuestros abucheos-, Naxxrammas probablemente era la tarea más sencilla, razón por la cual solicité Azjol-Nerub. Es digno que la Horda enfrente el mayor reto y obtenga el honor que eso conlleva. Aún así -rió-, es obvio que el orgullo de los pieles rosas resulto herido. Deben haberse quemado los pies intentando llegar aquí antes que nosotros.

Detrás de él, un grito de guerra gutural llamó su atención. Se volvió desenvainando su hacha para encontrarse con el desarrollo de una batalla debajo de nosotros. Su posición era mejor que la mía pero alcancé a escuchar un fuerte ruido metálico seguido de un rugido sobrenatural. Saurfang reaccionó de inmediato, volviéndose hacia nosotros.
--¡Prepárense hijos de la Horda! -gritó-, ¡sangre y gloria nos esperan!

Lo que sea que haya visto significaba problemas para los imprudentes humanos. Corrimos hasta nuestros lobos y montamos.
--¡Lok-tar ogar! -gritó Saurfang mientras nos guiaba cuesta abajo-.
--¡Por la Horda! -fue nuestra atronadora respuesta-.

Saurfang se adentró en la lucha, avanzando hacia el general humano. Los demás nos desplegamos, ayudando a las fuerzas de la Alianza cuando fuera necesario. Nunca debieron iniciar la batalla sin nosotros, han visto pocas guerras y hemos estado en "paz" durante los últimos seis años. Eran débiles y estaban confiados de que obtendrían la victoria. No se les ocurrió pensar que podrían perder y no comprendían el significado de la derrota como nosotros los orcos.

Salté de mi lobo y cargué contra un necrófago, le corté la cabeza y me sacudí el agarre de sus manos podridas. Otro no-muerto, un esqueleto en harapos, se abalanzó hacia mí seguido de varios más; parecían no tener fin. Mi siguiente objetivo me vió y su expresión denotó miedo y rabia, era una Renegada. Apenas pude detener mi espada.
--¡Fuera de mi camino! -bramé mientras la empujaba con impaciencia-.

Después del incidente me dejé llevar por la sed de sangre y mi espada se convirtió en mi mundo, no me era posible ver más allá de ella.

Los ancianos dicen que éramos una raza pacífica antes de llegar a Azeroth. Nuestros clanes no se metían con nadie sino que cazaban, practicaban la agricultura, formaban familias y vivían en armonía con los elementos. Cuando yo era niño me preguntaba como habrá sido Draenor, intentando imaginar a estos extraños orcos que tenían un mundo propio, una libertad que nunca he conocido. Odié a estas criaturas las pocas veces que pude imaginarlas, no merecían su mundo como los humanos no merecen Azeroth.

Pronto, la Horda resultó victoriosa y tomamos Angrathar, sin embargo, la tarea más importante todavía estaba pendiente. El arrogante general humano provocó a Arthas para que saliera de Corona de Hielo y nos enfrentara. Los glaciales ojos azules del Rey Exánime ardían debajo de su yelmo con picos. Amenazó con enseñarnos el significado verdadero del miedo y, mientras hablaba, más no-muertos surgían del suelo.

No obstante, nuestro valeroso líder ya estaba harto de luchar contra los esbirros de Arthas.
--¡Suficiente palabrería! -gritó mientras avanzaba con su hacha levantada-, ¡terminemos con esto!
La espada rúnica del Rey Exánime chocó contra el hacha de Saurfang y ésta se despedazó como si hubiera estado hecha de hielo, lanzando fragmentos en todas direcciones. Saurfang ya estaba muerto para cuando su espalda tocó el suelo, asesinado de un sólo golpe...
--Imposible -murmuré-.

Ví con horror como Frostmourne devoraba el alma de mi comandante.
--¡Traidor, pagarás por todas las vidas que has robado! -rugió el general humano-.

La respuesta de Arthas fue interrumpida por una estrepitosa explosión y gritos. Miré a mi alrededor y noté como una bruma de color amarillo verdoso se extendía en la mitad del campo de batalla, a cierta distancia de donde me encontraba. Era difícil ver lo que estaba ocurriendo pero el sonido de una risa maliciosa me hizo levantar la vista. Una figura que vestía una toga, perfilada contra el brillante cielo gris, se encontraba de pie en los riscos ubicados a un lado de la Puerta de la Ira.
--¿Creíste que habíamos olvidado? -dijo con voz grave-. ¿Creíste que habíamos perdonado? -continuó mientras varias catapultas eran posicionadas a ambos lados de él-. ¡Sean testigos de la terrible venganza de los Renegados! ¡Muerte a la Plaga! ¡Y muerte a los vivos!.

Nos traicionaron -pensé-, malditos sean ellos y su monstruosa reina.

Las fuerzas de la Horda y de la Alianza intentaron dispersarse pero ya era demasiado tarde. Nos encontrábamos en grupos apretados y las catapultas ya estaban lanzando su carga: barriles que explotaban con el impacto y liberaban más de esa bruma con apariencia tóxica. Todo aquel que se encontraba cerca de los puntos de impacto moría al instante, los demás se retorcían mientras se ahogaban, vomitaban, intentaban arrancarse los ojos por la desesperación o pedían ayuda en vano.

Al terminar la Tercera Guerra pudimos haber acabado con los humanos de una vez por todas, sin embargo Thrall habló de misericordia; como si nos la hubieran mostrado a nosotros. Nací en uno de sus campos de internamiento, fosos de inmundicia y desesperación diseñados para que muriéramos. ¿Qué sabía el señor de guerra, mascota de los humanos y famoso gladiador, de nuestro sufrimiento? Absolutamente nada. Nos convenció de esto, de aliarnos con los humanos una y otra vez, aceptando sus demandas mientras pasábamos hambre en páramos desolados rodeados de abundancia. Era como estar en esos infernales campos una vez más. Los humanos eran demasiado cobardes para exterminarnos abiertamente pero planeaban hacerlo de todos modos.

Parecía que lo lograrían gracias a esta bruma mortal. Los ojos me ardían y mi garganta se cerraba. Mis piernas fallaron de pronto y me encontré de rodillas. Esto no era un final heroico ni un destino glorioso. Sabía que los humanos no eran de fiar, yo no merecía esto.

Pude apreciar el sabor de mi propia sangre seguido de la oscuridad y el sonido de mi corazón mientras palpitaba por última vez.
--¿Dónde están tus palabras ahora señor de guerra?