Ner'zhul, el anciano chamán, fue uno de los más grandes líderes espirituales de los orcos. Al caer en el engaño de Kil'jaeden, puso en marcha acontecimientos que condujeron a la corrupción de su raza, y a la creación de la horda sedienta de sangre. No obstante, Ner'zhul se negó a entregar por completo a su gente a las filas demoníacas de la Legión Ardiente.
El señor demoníaco Kil'jaeden castigó a Ner'zhul por haberlo desafiado, destruyendo su cuerpo avejentado, y torturando su espíritu. Posteriormente, el demonio le dio un ultimátum: servir a la Legión de manera incondicional o padecer agonía eterna. Sin muchas opciones, Ner'zhul juró obedecerle y renació como el Rey Exánime, un terrorífico agente de gran poder de la Legión.
El espíritu de Ner'zhul fue confinado en una armadura antigua y atado a Frostmourne, la poderosa espada rúnica. Para asegurar su obediencia, Kil'jaeden encerró la armadura y la espada en un bloque de hielo especial, traído desde los confines del Vacío Abisal. Este cristal congelado fue lanzado a Azeroth, un mundo próspero cuyos habitantes no sospechaban nada, donde aterrizó en los nevados y desolados páramos de Rasganorte.
Entre las facultades otorgadas al Rey Exánime, se encontraba el control sobre la muerte misma. Desde el interior de su trono helado, Ner'zhul levantó a muchos no-muertos para que le sirvieran, y luego los puso a prueba contra los nerubianos de Azjol-Nerub y su poderoso señor araña Anub'arak. Aunque la Guerra de la Araña duró varios años, muchos de los nerubianos caídos en batalla rápidamente fueron subyugados por la voluntad de hierro del Rey Exánime. El mismo Anub'arak fue emboscado y asesinado, levantándose de nuevo para unirse a las filas de Ner'zhul como un temible señor de la cripta.
El Rey Exánime parecía servir fielmente a su amo, pero en realidad había tramado un plan astuto y subversivo. Por tal razón, creó una pequeña grieta en su prisión, empujó a Frostmourne a través de ella, y ordenó a sus esbirros que se la llevaran lejos del Trono Helado. Ner'zhul pretendía utilizar la espada como trampa para un poderoso campeón, un sujeto leal que lo liberaría y que serviría como receptáculo para su espíritu intranquilo. Mientras Frostmourne era colocada para cumplir su futuro propósito, el Rey Exánime prosiguió diligentemente con la agenda verdadera de su amo demoníaco...
A partir de su llegada a Azeroth, el Rey Exánime ha estado preparando una insidiosa peste de no-muerte, una enfermedad aterradora cuyo propósito es aniquilar a la humanidad y crear un ejército fiel a la Legión Ardiente. Para acelerar la diseminación de este contagio, el Rey Exánime reclutó a un poderoso aliado, el ambicioso mago Kel'Thuzad, quién, además, era un miembro importante del consejo gobernante de Dalaran.
Bajo la vigilante mirada del Rey Exánime, Kel'Thuzad creó el Culto de los Malditos, un grupo de humanos a los cuales prometió equidad social y vida eterna en Azeroth. Los cultistas diseminaron la peste a lo largo de las aldeas del norte de Lordaeron, amasando una hueste de no-muertos sin mente. Kel'Thuzad miró al creciente ejército y lo llamó la Plaga, ya que, a capricho del Rey Exánime, borraría a la humanidad de la faz de la tierra.
El archimago Antonidas sospechaba que la peste de no-muerte era de origen mágico, así que envió a la hechicera Jaina Proudmoore a las tierras del norte a investigar. La acompañó el príncipe Arthas Menethil, hijo único del Rey Terenas. Jaina y Arthas rastrearon y mataron a Kel'Thuzad, el sirviente del Rey Exánime, pero su muerte no detuvo el surgimiento de la Plaga. Conforme la batalla contra los no-muertos transcurría, la fe y la paciencia del príncipe comenzaron a disminuír.
Aún acompañados por el legendario paladín Uther the Lightbringer, Arthas y Jaina no pudieron detener la distribución del grano contaminado por la peste, ya que llegaron demasiado tarde a las puertas de Stratholme. Arthas se dio cuenta de que los pobladores inocentes pasarían, inevitablemente, a formar parte de las crecientes filas de los no-muertos. Por esta razón, ordenó a Uther que purgara el pueblo y exterminara a los civiles antes de que pudieran convertirse en esbirros de la Plaga. Cuando Uther se rehusó, Arthas acusó al veterano caballero de traición y desbandó a la Orden de la Mano de Plata. Disgustados, Uther y la mayor parte de su caballería dejaron el pueblo; Jaina, horrorizada por su decisión, también le abandonó.
Pese a la pérdida de sus fuerzas de apoyo, Arthas llevó a cabo su plan, aniquilando a los habitantes de Stratholme y quemando todas las estructuras. Algo dentro de Arthas reventó ese día, y, al alejarse de la ciudad, dejó la mayor parte de su humanidad entre las ruinas ardientes.
Desde entonces, el príncipe se dedicó a buscar la manera de detener a la Plaga a cualquier precio, y eventualmente descubrió que su origen parecía encontrarse en Rasganorte. Con el corazón pesado y una determinación inquebrantable, se embarcó en una expedición hacia el nevado techo del mundo. Nunca pensó encontrar ahí a un viejo amigo, el enano Muradin Bronzebeard, quien había estado buscando un arma de poder legendario: la espada conocida como Frostmourne. Arthas decidió buscar dicha espada encantada para blandirla en contra de la Plaga, sin embargo, el rey Terenas, a petición de Uther, ordenó al príncipe y a sus tropas que regresaran. Antes de que la expedición pudiera embarcarse para volver a casa, Arthas contrató en secreto a nativos mercenarios para que quemaran los barcos. Al conducir a sus tropas hacia las naves, Arthas fingió sorpresa y ordenó a sus muy decepcionados soldados dar caza y matar a los mercenarios.
Posteriormente, Arthas recorrió los desolados páramos en busca de lo que creía que sería la salvación para su gente. Al cabo de algún tiempo, Muradin y Arthas encontraron el pedestal donde descansaba Frostmourne, y leyeron la ominosa inscripción que estaba grabada en él. Era una advertencia que afirmaba que aquel que blandiera a Frostmourne obtendría poder eterno, pero que tenía precio: "Así como la hoja rasga la carne, el poder deberá dejar cicatrices en el espíritu". Pese a la advertencia y a las protestas de Muradin, Arthas juró que pagaría lo que fuera para obtener la espada.
Con las imprudentes palabras del príncipe, Frostmourne se liberó del bloque de hielo en el cual estaba encapsulada, matando a Muradin en el proceso. Arthas tomó la espada, la cual acabó con lo poco que quedaba de su humanidad, sin imaginar que el Rey Exánime era su verdadero señor. El arma, además de los encantamientos de Kil'jaeden, tenía la facultad, otorgada por Ner'zhul, de robar las almas de los vivos.
Con Frostmourne en su poder y una creciente oscuridad en su corazón, Arthas se adentró en los páramos helados para responder al llamado de su nuevo amo...
El triunfante regreso de Rasganorte del príncipe Arthas fue motivo de regocijo en todo Lordaeron, sin embargo, su júbilo no duraría. Luego de arrodillarse ante su padre el rey Terenas, el otrora paladín le atravesó el corazón con Frostmourne. Posteriormente, por órdenes del Rey Exánime, el príncipe caído asesinó a su mentor Uther the Lightbringer, y se apoderó de los restos de Kel'Thuzad. Cuando Arthas terminó su labor, la ciudad capital, previamente una de las joyas de la corona de la humanidad, quedó reducida a un silencioso páramo de muerte y desesperación.
Arthas, el caballero de la muerte, condujo a su creciente ejército de no-muertos a los bosques de Quel'Thalas, matando a los elfos que se cruzaban en su camino mientras derribaba las puertas de Silvermoon. Dejando las tierras élficas completamente devastadas a su paso, Arthas llegó al legendario Pozo del Sol y utilizó su poder para levantar a Kel'Thuzad como exánime.
Por su parte, Kel'Thuzad abrió un portal para que Archimonde, un poderoso señor demoníaco de la Legión Ardiente, tuviera acceso al mundo. Al llegar, éste declaró que la utilidad del Rey Exánime había llegado a su fin. Mientras Archimonde continuaba con los objetivos de la Legión, Arthas viajó al continente de Kalimdor, donde conoció a Illidan Stormrage, un poderoso cazador de demonios, cuyos intereses concordaban con los del Rey Exánime.
La Tercera Guerra concluyó con la muerte de Archimonde, y, como consecuencia, las fuerzas de la Legión en Azeroth se dispersaron. Arthas regresó a Lordaeron donde fue asaltado por dolorosas visiones, señales de que el Rey Exánime se debilitaba. El caballero de la muerte regresó a Rasganorte donde fue atacado por un ejército de elfos, los sobrevivientes de la invasión de la Plaga a Quel'Thalas, quienes se aliaron con Illidan Stormrage para destruir el Trono Helado. Anub'arak, el señor de la cripta, condujo a Arthas a través de una serie de túneles antiguos, lo que les permitió llegar rápidamente al lugar donde se encontraba el Rey Exánime.
Al salir de las cavernas subterráneas, Arthas se encontró con un último obstáculo en su camino: Illidan Stormrage convertido en demonio. Illidan entró en combate con el caballero de la muerte, y Frostmourne chocó contra las hojas gemelas de Azzinoth. Al final de la lucha, el demonio terminó herido y ensangrentado sobre la nieve, mientras Arthas avanzaba sin prestar atención a las voces del pasado que hacían eco en su cabeza; mismas que le advertían que no lo hiciera.
Algunos dicen que Arthas todavía estaba en pleno control de sus actos durante su ascenso por los escalones del Trono Helado, y otros que se convirtió en la criatura del Rey Exánime desde que empuñó a Frostmourne. Cualquiera que fuere el caso, mientras se acercaba a la armadura rúnica encerrada en hielo, una voz en su mente fue más fuerte que las demás. ¡Regresa la espada –ordenó el Rey Exánime– completa el círculo, y libérame de esta prisión! Con un rugido, Arthas descargó una tajada que despedazó el Trono Helado. Luego se puso el casco de Ner'zhul, sellando así su unión con el Rey Exánime.
Ahora, el Rey Exánime aguarda, y planea engañar a más aventureros para que sigan el oscuro camino de Arthas. Frostmourne desea las almas de los valientes e imprudentes; y en algún lugar, la voz de Ner'zhul todavía resuena dentro del casco del Rey Exánime.
"Ahora somos uno."